Sin título
Era una tarde sorprendentemente soleada cuando lo viví por primera vez. Sólo necesitaba un vaso de agua con hielo, pues en ese momento pareciera que jamás había deseado algo tanto en mi vida. Mientras sentía el sudor escurrir por mi espalda, acerqué el vaso escarchado hacia mis labios. Por fin, lo que tanto había anhelado. Poder refrescarme de tal manera no me había sido impedido, sin embargo, el mero hecho de sentir tanto calor me robaba las ganas de pararme para saciar mi sed. Estaba ese vaso, que en algún momento había albergado una vela, a míseros centímetros de distancia cuando una mosca se paró en la punta de mi nariz.
De repente, como si una ola de energía me hubiera cubierto de la nada, la espanté con una velocidad y una fuerza tan desmesurada que dejé caer mi glorioso vaso de agua. Mientras veía los pedazos de vidrio refractado sobre el suelo, podía escuchar aún a aquel insecto que había causado tal desgracia. No era suficiente sentir enojo, pues en ese momento sucedió algo parecido al derrumbe de una presa y de repente años de aflicciones decidieron salir en ese mismo instante.
Esa mosca no lo sabía, pero el simple hecho de que pudiera ser testigo de su presencia a mediados de enero desató algo dentro de mí que ningún otro ser hubiera sido capaz de desencadenar. Mientras se empezaban a acumular lágrimas en mis ojos, tomé una toalla vieja y arrugada que mi mamá siempre usaba para limpiar la mesa y recorrí la habitación con mi mirada en busca de aquella mosca que me había robado la tranquilidad.
Con cada tiro que fallaba, mi llanto se volvía más y más fuerte. Verla tan tranquilamente posando sobre un mantel que había tejido mi bisabuela mientras yo desesperadamente trataba de alcanzarla sólo me hacía sentir una ardiente impotencia, parecida a ese calor que me había instado a levantarme en primer lugar. Después de un par de minutos, mi estrategia para conducir a la mosca hasta la puerta finalmente dió frutos y pude dejar de escuchar ese zumbido tan irritante que me había provocado sollozar tan descontroladamente.
No volví a experimentar un momento así hasta un par de años después, cuando una mosca pensó que era buena idea pararse sobre mi mano mientras tomaba café en el velorio de mi abuelo, quien después de ese primer incidente me enseño cómo lidiaba él con los bichos que entraban a la casa. Durante ese tiempo, sabía exactamente qué rutina debía seguir para no volver a romper en llanto, y para que mi abuelo viera que había aprendido bien. También me había enseñado cómo sintonizar su radio y cómo hacer cruces de palma.
De nuevo, una mosca había llegado a mí sin idea de lo que estaba a punto de desanudar. En esta ocasión volví a llorar, sin embargo no fue porque la mosca estaba posando sobre mi mano descuidadamente, sino porque ya no tenía a alguien que supervisara mi rutina espanta-insectos, ni con quien escuchar la radio o relajarme elaborando manualidades a base de plantas.
